A las ocho de la noche del sábado 13 de mayo de 1939, zarpó del puerto de Hamburgo el trasatlántico Saint Louis, del Hamburg-Amerika Linie (HAPAG), con destino a La Habana, Cuba. La nave llevaba a bordo 900 pasajeros —en su mayoría, refugiados judíos alemanes— y 231 tripulantes. Dos días mas tarde, en el puerto de Cherburgo, embarcaron otros 37 pasajeros.

Los refugiados poseían permisos para desembarcar en La Habana emitidos por Manuel Benítez, director general del Departamento de Inmigración de Cuba. Habían sido adquiridos a través de la compañía HAPAG, que tenía oficinas en La Habana. La isla sería un destino de tránsito, pues los viajeros ya contaban con visas estadounidenses. Solamente debían permanecer en Cuba en espera de su turno para entrar en los Estados Unidos, una estancia que podía durar entre un mes y algunos años.

Una semana antes de que el barco zarpara de Hamburgo, el presidente de Cuba, Federico Laredo Brú, emitió el decreto 937 (nombrado así por el número de pasajeros que transportaba el Saint Louis), con el cual invalidaba los permisos de desembarque firmados por Benítez. El país solo aceptaría los documentos otorgados por la Secretaría del Estado y el Trabajo de Cuba. Los refugiados habían pagado ciento cincuenta dólares por cada permiso, y los pasajes del Saint Louis costaban entre seiscientos y ochocientos reichsmarks. Al partir, Alemania había exigido a cada refugiado comprar pasajes de ida y vuelta, y solo se les permitió sacar del país, con ellos, diez reichsmarks por persona.

El barco arribó al puerto de La Habana el sábado 27 de mayo a las cuatro de la madrugada, y las autoridades cubanas le prohibieron atracar en la zona correspondiente a HAPAG, su compañía matriz, por lo que tuvo que anclarse en medio de la bahía.

Algunos de los pasajeros tenían en La Habana a familiares que los esperaban, muchos de los cuales alquilaron botes para acercarse al barco, pero no les fue permitido subir a la cubierta.

Solo cuatro cubanos y dos españoles no judíos fueron autorizados a bajar, así como  22 refugiados que habían obtenido permisos del Departamento de Estado de Cuba con anterioridad a los emitidos por Benítez, que contaba con el apoyo del jefe del ejército, Fulgencio Batista.

El 1ro de junio, el abogado Lawrence Berenson, representante del Comité Estadounidense para la Distribución Conjunta (JDC, American Jewish Joint Distribution Committee), se reunió con el presidente Laredo Brú en La Habana, sin poder llegar a un acuerdo para que los pasajeros desembarcaran.

Continuaron las negociaciones, y el siguiente paso fue que el presidente de Cuba le exigiera a Berenson un bono de garantía de quinientos dólares por cada pasajero para permitirles desembarcar. Los representantes de varias organizaciones judías, así como miembros de la embajada de Estados Unidos en Cuba, dialogaron infructuosamente con  Laredo Brú. Intentaron también contactar a Batista, pero su médico personal les informó que el general padecía un resfriado precisamente desde el día de la llegada del Saint Louis a Cuba, que debía guardar reposo y que no podía, siquiera, contestar el teléfono.

Cuando Berenson intentó una contraoferta que reducía en $23.16 por pasajero el monto del dinero exigido como garantía, el presidente cubano decidió cancelar las negociaciones y exigió la salida del barco de las aguas territoriales cubanas el 2 de junio a las once de la mañana. De no cumplir esa orden, sería remolcado a mar abierto por las autoridades de la isla.

El capitán del barco, Gustav Schroeder, había protegido a sus pasajeros desde la partida de Hamburgo, y comenzó a hacer todo lo posible por encontrar un puerto no alemán dónde desembarcar.

El Saint Louis partió rumbo a Miami y ya muy cerca de sus costas, el gobierno de Franklin D. Roosevelt le negó la entrada en Estados Unidos. La negativa se repitió por parte del gobierno de Mackenzie King, en Canadá.

El Saint Louis debía, entonces, regresar a Hamburgo. Pocos días antes de tocar puerto, Morris Troper, director del Comité Europeo para la Distribución Conjunta (JDC) negoció un arreglo para que varios países recibieran a los refugiados.

Gran Bretaña aceptó a 287; Francia, a 224; Bélgica, a 214, y Holanda, a 181 refugiados. En septiembre, Alemania declaró la guerra y los países de Europa continental que habían aceptado a los pasajeros fueron ocupados por Adolf Hitler.

Solo los 287 que fueron acogidos en Gran Bretaña estuvieron a salvo. El resto de los antiguos pasajeros del Saint Louis, en su mayoría, sufrieron los estragos de la guerra o fueron exterminados en campos de concentración nazis.

El capitán Gustav Shroeder comandó el Saint Louis una vez más, y su regreso a Alemania coincidió con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. No volvió a navegar, y fue asignado a trabajos burocráticos en la naviera. Durante los bombardeos de los aliados sobre territorio alemán, el Saint Louis fue destruido. Después de la guerra, durante el proceso de desnazificación, el capitán Shroeder fue llevado a juicio, y gracias a declaraciones y cartas a su favor de los sobrevivientes del Saint Louis, los cargos en su contra fueron retirados. En 1949, escribió el libro Heimatlos Auf Hoher See, sobre la travesía del Saint Louis. En 1957, el gobierno federal de la república alemana le otorgó la Orden al Mérito, por sus servicios en el rescate de refugiados.

El capitán Shroeder murió en 1959, a los 73 años. El 11 de marzo de ese año, Yad Vashem, la institución oficial israelí dedicada a salvaguardar la memoria de las víctimas del Holocausto lo reconoció, póstumamente, como Righteous Among the Nations.

En 2009, el Senado de Estados Unidos emitió la Resolución 111, que “reconoce el sufrimiento de aquellos refugiados, causado por la negativa de los gobiernos de Cuba, Estados Unidos y Canadá a brindarles asilo político”. En 2012, el Departamento de Estado se disculpó públicamente por los sucesos del Saint Louis, e invitó a los sobrevivientes a su sede para que contaran su historia.

En 2011, fue develado en Halifax, Canadá, un monumento financiado por el gobierno canadiense, conocido como The Wheel of Conscience, que recuerda y lamenta la negativa de ese país a recibir a los refugiados del Saint Louis.

En Cuba, hasta el día de hoy, la tragedia del Saint Louis es un tema ignorado en clases y libros de historia. Todos los documentos relacionados con la llegada del barco a La Habana y las negociaciones con el gobierno de Federico Laredo Brú y Fulgencio Batista han desaparecido del Archivo Nacional.

 

EL SS SAINT LOUIS